La profesora

martes, 3 de junio de 2008

La profesora


Mi nombre es Patricia, tengo 38 años y soy profesora en un instituto nuevo de la ciudad. Doy clase de Matemáticas a chicos de unos 17 a 18 años y os tengo que contar una historia que me pasó el primer año de inauguración de aquel instituto. Primeramente os diré que me considero una tía muy normalita, sexualmente hablando aunque me se sacar partido... ese año yo estaba recién llegada también a esa ciudad, con lo que me sentía un poco descolocada. Vivía sola en un apartamento que había por detrás del instituto así que no tardaba en ir y venir del trabajo.

Aquel año, en mi clase tenía sentado justamente delante de la mesa a Raúl, un chaval de 17 años, pelo largo, ojazos verdes y un cuerpo bastante atlético... como os podréis imaginar, a mí se me iban los ojos y trataba de sacarle a que resolviera las cuentas que escribía en la pizarra. Aparte era bastante tímido y eso me ponía a cien. Pero parece ser que era algo recíproco ya que al cabo del tiempo, me enteré que a Raúl le pasaba lo mismo hacia mí, así que decidí atacar directamente... sabía que aquello no era legal, ya sabéis... yo profesora él menor de edad... pero lo supe hacer con tacto. Me ponía faldas, escotes, mallas ajustadas y le veía como a él se le iban los ojos.

Con cualquier excusa le decía que se tenía que quedar a última hora en clase, hasta que llegó el día en el que comenzó todo. Le ordené que cuando terminasen sus clases se tenía que quedar en mi aula a revisar un trabajo de Matemáticas que les había mandado hacer. Al entrar en el aula le dije que se sentara a mi lado para poder revisar aquel trabajo que me había presentado... noté que estaba nervioso al estar tan cerca... sus hormonas estaban a cien por hora y mientras me leía su trabajo pude ver el bulto tan gordo que tenía. Me desabroché sin disimulo un poco la blusa, me acerqué aún más y comencé a acariciarle el pelo... era un momento glorioso. Vi que ya era tarde y decidí asomarme al pasillo pero comprobé que nos habían dejado encerrados en el instituto. No le dije nada, volví a cerrar la puerta y, sentándome de nuevo a su lado, acerqué mis labios a su cara momento en el que Raúl se giró quedando los suyos pegados a mi boca. Fue un beso interminable... los dos teníamos demasiada excitación y a partir de ese instante nuestras bocas no volvieron a articular palabra alguna. Sin dejar de besarnos, quedé tumbada sobre la mesa... me empezó a desnudar, muy lentamente, nervioso... yo no podía más así que me fui quitando el tanga. El me besaba con fuerza los pechos sin parar... yo le tenía cogido por el cabello y le iba empujando para que siguiese besando todo mi cuerpo hasta que por fin llegó a mi sexo que tenía preparado para él. Lo cierto es que fue increíble como un chaval tan joven tenía esa maña masturbando mi clítoris con la lengua... yo empujaba su cabeza para que nunca la quitara de allí... era muy feliz pero Raúl, cogiéndome por la cintura, me arrastró hacia el borde de la mesa y metió su enorme polla por mi coño follandome como un verdadero animal, sin parar, con movimientos de mete y saca rápidos... mmmmm qué delicia...

Yo aproveché para ponerle los pies sobre su torso... él tomó uno para llevárselo a la boca... era lo que más me podía excitar... lo chupó y besó enterito, metió cada uno de los deditos en su boca e iba introduciendo entre ellos la lengua... no quedaba un solo rincón que no saboreó. Le empujé hacia atrás y quedó apoyado en la pizarra... su polla, dura y tiesa aún, me apuntaba desafiante así que la tomé con mi mano derecha y la comencé a masturbar, subiendo y bajando... escupiendo encima para no hacerle daño... despacito... estaba demasiado tensa y sin parar de pajearle me agaché aún más metiendo sus huevos en mi boca... con mucha delicadeza se los chupé y fui subiendo con mi lengua por aquel interminable pene hasta llegar a su gran cabezota rosa que introduje hasta el fondo de mi boca... chupando y sorbiendo todo su miembro bien caliente hasta que, dando un gran quejido echó todo su semen, bombeándolo sin parar... yo tragaba todo aquel néctar increíble, delicioso... estaba muy feliz, tenía en mi boca el sueño de mi vida, la verga de un quinceañero. Y allí seguimos toda la noche, sin parar, desnudos, sudorosos y con la tranquilidad de saber que nadie iba a descubrirnos.

A partir de aquella noche nos seguimos viendo no solamente en las clases de Matemáticas sino también en mi apartamento, donde seguimos explorando nuestros cuerpos una y otra vez... ya no había marcha atrás... él era mi gran amante.

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