El barco

viernes, 2 de septiembre de 2011


Muy pocos tienen la suerte de vivir en un lugar en el que el mar se hace tan presente que hasta tienes la posibilidad de olvidar que lo tienes ahí… cada vez que abres los ojos y te asomas al balcón.

M. era una de esas mujeres que, tiendo esa suerte, no  podía recrearse ya que estaba absorta en su vida familiar, laboral, familiar y laboral. Solo conseguía sacar unas horas en el fin de semana para, aunque fuera pidiendo permiso al tiempo, meter los pies en el mar y que su oleaje dejara en ellos frescas y húmedas caricias.

Aparecí un día justo cuando, abstraída del mundo terrenal, tomaba un café ella sola en una terraza del puerto… pedí permiso y me senté frente a ella. Charlamos durante varios días… sus problemas, los míos, sus gustos, sus añoranzas y, al final, me di cuenta qué es lo que iba a hacer cambiar su actitud ante el tremendo lío que tenía…

Quedamos el sábado prontito en el puerto, sin actividad a esas horas. La tomé fuerte de la mano… quería que se sintiese segura y caminamos por la pasarela de madera hasta llegar. Subimos, puse el motor en marcha y comenzamos a alejarnos de aquella triste ciudad. M. se sentía por primera vez desde hace muchos años tranquila, segura, relajada. Se tumbó sobre la quilla a tomar el sol… era un ángel, con aquella luz alumbrando aún más su dorada piel, la brisa de alta mar erizando su vello… las gotas de agua sobre sus exquisitos pies mmmmmmmmmm.

Paré el motor ya que no terminaba de encontrarse bien… era un día removido y no aguantaba aquellos movimientos. Parece que poco a poco se fue tranquilizando… la calma, el silencio y mis caricias. Comencé a pasar con mis dedos sobre su piel haciendo hincapié los brazos y el cuello… aquella increíble piel, tersa y suave, dorada y mullida nunca me habrían hecho pensar que se trataba de una mujer madura y adulta de 46 años (como luego me dijo). Seguí durante mucho rato, los dos en silencio, acariciándola… abajo y arriba, paseándose mis dedos por sus pies, las piernas, el ombligo hasta llegar a su cara donde tras trazar delicados y sinuosos círculos, acabaron en los labios. En ese momento M estaba totalmente hechizada y absorta. Ella misma despegó los labios para que mis dedos siguiesen jugando delicadamente con su boca.

Poniéndome de rodillas, alcancé a besar una y mil veces su cuello. M, arqueando su cuerpo me pidió que la desnudase… arranqué el sujetador del bikini dejando al aire unos impresionantes pechos… ablandados por la edad pero sugerentes y muy excitantes. Mi boca, evidentemente comenzó a besarlos y mordisquear sus enormes y erectos pezones. Mis dientes, agarraban aquellas puntas endurecidas y estiraban, delicadamente pero haciendo daño hasta que oía sus gemidos que, al contrario de lo que podía pensar, cada vez que tiraba tardaba más en emitir ese quejido. Los dedos tomaban la alternativa sobre el otro pezón estirando de igual modo mientras la lengua refrescaba y calmaba al otro.

M mientras tanto, se quitó la braga… me apartó la mano de su pecho y lo empujó hacia su coño… acaríciame aquí… me suplicó. El coño de M era peludo pero muy cuidado… su vulva, enorme con unos labios largos y rosados muy dilatados. Estaba empapada. De nuevo, volvía a hechizarla con mis juegos. Una y otra vez abría, separaba, acariciaba, entraba y salía… méteme tus adorables dedos cielo, por fav… sin que pudiese acabar la última palabra, metí de un golpe hasta el fondo de su ya chorreante coño dos de mis dedos. Le masturbé violentamente. Los dos estábamos coléricos… M de un grito espeluznante se corrió dejando huella sobre mi mano. Yo, mientras ella seguía con pequeños espasmos de placer, seguía hurgando dentro de su coño, ardiente y empapado, sacando mis dedos mojados. Fóllame cabrón… mi niño grande, me dijo. Mi polla no podía más… tersa y dura… con las venas a reventar y el glande enrojecido por el roce con el bañador. Me lo quité y me puse sobre M. Mientras le mordía la boca y le comía la lengua, metí de una embestida toda la polla hasta chocar fogosamente con su pubis… un golpe, dos, tres… al cuarto ya no podía más. La saqué hasta que mi dilatado glande rozó con los labios de su coño… ahí empecé muy lentamente a dar suaves y rápidas sacudidas. Por fav… no la dejé acabar. Mi polla tampoco podía más y dando un enorme alarido eché todo mi semen caliente dentro de M.

Nos abrazamos y reímos complacientes. Los dos sabíamos que después de tanto tiempo sin follar, aquello había sido un regalo que los dioses nos habían hecho… bueno, los dioses o quien fuera. A nuestra edad, cualquier regalo es bienvenido… y si es de este tipo sabíamos que habría que cuidarlo con mimo.      

6 comentarios
  1. Por dios, qué envidia que me dá M. porque a mi edad, algo así, es más que un regalo de los dioses.

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  2. Huy! aqui estamos los tres...jajajaja!
    besosssss

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  3. Primero...me he excitado. Mucho.
    Luego, me he parado a pensar en lo bien que me conoces y cómo sabes lo que necesito.
    Y finalmente, me he emocionado. Tu sexo salvaje y lleno de ternura a la vez. Eres adorable.
    ¿Cuándo repetimos ese viaje en barco?
    M.

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  4. Este comentario ha sido eliminado por el autor.

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  5. Me ha encantado la frase del mar.
    Ocurre con muchas cosas...
    Y siempre es un regalo el sumergirte en el, o en mas...

    genial¡¡
    Beso

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