EL ZULO (3ª PARTE)

jueves, 15 de junio de 2017

Solamente hay una cosa que no comprendí entonces y, hasta pasados varios meses, no llegué a hacerlo.  Sandra, cada vez que terminábamos aquellos calentamientos sexuales, me prohibía que me corriese. Me decía que esa actitud era de un animal irracional que solo busca la cópula.

Yo, su cachorro, no le di importancia y aprendí a vivir la sexualidad de aquella manera... dándole el mayor de los placeres y esperar su orden de cuándo debía hacerlo. No era lo más importante ni nunca lo fue. Al final de aquellas jornadas maratonianas en el que todo estaba adornado por infinidad de perversiones,  ella me dejaba follarla como un animal... así me decía... la embestía una y otra vez hasta que mi semen la invadía.

Los dos acabábamos exhaustos y sin decirnos nada, nos quedábamos un rato mirándonos y... a la ducha. Allí había otro rato de sexo y, por supuesto, perversión. No podíamos ni queríamos parar de sentir todo aquello que estaba dormido y casi olvidado...  horas en el que dábamos rienda suelta a nuestros sentidos sexuales hasta límites insospechados, por lo menos para mí, descubriendo cosas, partes y sensaciones a las que nunca imaginé llegar de otra forma.

Sandra fue muy buena conmigo y me enseñó muchas cosas... y yo le di todo el placer que sabía que había perdido y entre otras cosas, lo más importante, que valorase su cuerpo ofreciéndole mi mejor sexo y aumentando su estima... demasiado mancillada una y otra vez.

¿Por qué digo esto?... os lo cuento para que conozcáis a aquella maravillosa mujer que me hizo enloquecer y tanto tardé en olvidar...

... Ella "vivía" en un zulo y comprenderéis por qué lo llamo así. Digo vivía pero eso no era vivir era morir poco a poco en vida. Yo le llamaba zulo porque pasaba horas en un garaje subterráneo lleno de humedades, agua fría, poca ventilación y mucho frío.

Le recogió un individuo, marido de su mejor amiga que había muerto hacía varios años. El vivía en una casa tipo dúplex sin ningún tipo de escasez pero a ella la obligó a no morar en su casa si no a trasladarse a ese zulo que "acondicionó" para ella.

Iban pasando los años y ella se conformaba con esa mierda que le había tocado. Él solo se dignaba a tres cosas con ella,
1: "sacarla" a pasear (como buena perra que era) para que todo el pueblo la viera a su lado,
2: bajar al zulo, obligarla a que se pusiera a cuatro patas y follarla,
3: bajar con sus amigos y mofarse de la perra.

Esa era su vida, ese era su zulo... no había más.

Llegué a su vida a través de Internet... como ya os he contado y le comencé a abrir los ojos. Me costó mucho porque era como adiestrar a un perro. Le hice ver que se estaba muriendo entre el moho y la obligué (anímicamente) a que se fuera de allí... lejos de humedades y fríos. Todos nos merecemos algo mejor, le dije, y tú más.

Nos habíamos tomado mucho cariño. Pero ella seguía teniendo miedo. Miedo a vivir aun más sola. Poco a poco fue buscando, cerca de donde "vivió", una casa digna y después de unos meses al fin la encontró.

A partir de ahí se empezó a solucionar su dura vida y por lo menos ya tenía agua caliente y dejó atrás aquellas humedades que tanto daño hicieron en su maltrecho cuerpo así como las constantes visitas de aquel individuo que solo quería follarla...

... Así era Sandra. Se quedó sola pero aprendió, con mi ayuda, que nadie puede doblegarte y que vivas a su gusto.

Así, cuando el tiempo me lo permitía, quedaba con mi amiga. Era como trasladarme a otro planeta. El planeta del sexo, la lujuria, desenfreno... sí, no parábamos ni un segundo.

Al final, la desesperación e impaciencia acabó con la amistad. Yo no sabía ni pude disociar entre las dos relaciones... había un continuo hervidero y choques de emociones en mi cabeza. Ella, la verdad, es que no supo ni quiso esperar... y me agobió. Era un encontronazo entre ella y yo. Su agobio me desequilibró y decidí dar el paso más doloroso al decirle que debíamos dejar de vernos... quizá así, quedando como amigos, podíamos terminar de curarnos y volver... o no.

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